jueves, 21 de abril de 2016

PROMESA ES PROMESA

Lucas 24.5-7
“¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado. Acordaos de lo que os habló, cuando aún estaba en Galilea, diciendo: Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado, y resucite al tercer día.» Entonces ellas se acordaron de sus palabras.”

Hasta cierto punto los seguidores de Jesús habían creído en Él antes de su muerte y su resurrección. Pedro y compañía habían dejado todo y lo seguían, mientras esperaban ver a un Jesús ganador y victorioso. Un ejemplo de la fe inmadura pero verdadera es lo que Pedro le dijo a su Maestro: “Tú eres el Cristo, el hijo de Dios viviente” (Mateo 16.16). Pero su fe había sido golpeada mientras, paralelamente, los romanos golpeaban a Jesús; mientras éste era humillado ante la muchedumbre de judíos que demandaban su vida. 
Durante su crucifixión y sepultura, los discípulos habían escondido su fe. Se habían desanimado y muchos, vueltos a sus casas. Algunos se reunieron en una casa planeando (tal vez) que sería de su vida de ahora en adelante. No la tenían clara. Pero luego de tres días, algo sucedió. Su fe volvió a surgir y salieron adelante a presentar al mundo el Evangelio del Salvador crucificado pero resucitado. ¿Qué pasó?

Mientras Jesús estuvo en la tierra, dijo que los hombres lo llevarían a la muerte por crucifixión, y dio muchos detalles de cómo su muerte habría de tener lugar. Dijo además que luego de estar sepultado tres días y tres noches, el Dios de Abraham, de Isaac y Jacob, el Dios de la Biblia, lo levantaría de entre los muertos (Mateo 16.21, 16.22-23, Marcos 9:31, Lucas 18:31-33). Esta era una gran pretensión. Aparentemente era una pretensión imposible. Desde su creación, los hombres habían venido y se había ido, y de acuerdo con lo conocido mediante la observación (y su razón) éste era el fin de todos. Pero este hombre Jesús no dudaba en afirmar que su experiencia sería totalmente contraria a lo que había pasado durante muchos y largos siglos. Para los seguidores de Jesús también se les hizo difícil creer lo que su Maestro repetía una y otra vez. Sin embargo, eso fue lo que sucedió. Pasó tal cual lo había prometido. Y al resucitar, todo tuvo sentido: Dios había aceptado el Sacrificio, la deuda estaba cancelada. El pecado había triunfado en la cruz, pero Dios triunfó en la resurrección.


El Evangelio que Cristo nos dejó (y como orden, debemos llevarla por todo el mundo) se basa en dos hechos esenciales: un Salvador murió y vive. La sepultura comprueba la realidad de su muerte. Él no solo se desmayó luego fue reanimado. No, Él murió y fue sepultado; Él resucitó y fue visto. Sin la resurrección no hay Evangelio. La base de nuestra fe radica en ello, tal como el apóstol Pablo lo dijo: “Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados” (1 Corintios 15.17). Jesús hizo una promesa a sus discípulos y lo cumplió; y tiene también una promesa por cumplir con aquellos que lo siguen: “Voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde Yo estoy, vosotros también estéis“ (Juan 14.2-3). ¿Acaso existe algo que pueda darnos mayor esperanza y seguridad? La seguridad de que en su momento seremos resucitados con Él. La esperanza de una vida eterna a su lado. ¿Crees en Su promesa? ‪#‎DanielJ ‪#‎Adhulam

No hay comentarios: