¿Será que, como sudamericanos, estamos viendo el fútbol de manera equivocada? ¿Esa “garra” de la que tanto nos jactamos es, en gran medida, una oda al juego sucio?
Aplaudimos conductas que confundimos con picardía: hacer
tiempo, meter la pierna fuerte a propósito, fregar al rival hasta sacarlo de
quicio o engañar al árbitro. A quienes juegan de forma más ordenada y limpia,
como suele ocurrir en Europa, los tildamos de cobardes.
Hace años, Brasil representaba la antítesis del fútbol
sudamericano: priorizaba el juego bonito y ganaba premios al Fair Play. Sin
embargo, perdió ese rumbo en los 90 y, tras su último título mundial en 2002,
ya no volvió a ser el mismo.
En Perú, la marcación de Reina sobre Maradona, aplaudida
por muchos, rozó el acoso. Seguimos celebrando a jugadores “vivos” como Zambrano, que a menudo confunde el carácter con la malicia, o al Puma Carranza, conocido por su juego intenso y duro.
A nivel continental, celebramos la mano de Maradona ante
Inglaterra en 1986, y años después imitamos ese espíritu cuando Ruiz Díaz hizo
lo propio ante Brasil en la Copa América.
Selecciones como Uruguay y Paraguay destacan por dejar todo
en la cancha, algo admirable, pero con frecuencia se exceden en el juego brusco
y en la lógica del “todo vale”.
El caso de Luis Suárez mordiendo a un rival en un Mundial
es el ejemplo más extremo. También quedó en la memoria el Chile-Uruguay de la
Copa América 2015, en el que los chilenos recurrieron a todas las artimañas posibles para
desestabilizar al rival.
Sin embargo, también hay mucho que rescatar en nuestro
fútbol. Tenemos una garra que genera admiración en el mundo: peleamos cada
balón como si fuera el último, no nos rendimos nunca y, cuando se usa bien,
nuestra picardía puede ser un arma clave en momentos decisivos.
Es justo reconocer que Europa tampoco es un paraíso. Ellos
también simulan faltas y juegan de forma muy física, aunque con los años han
incorporado el toque y la técnica que históricamente han caracterizado al fútbol
sudamericano.
En este último Mundial 2026 vimos las dos caras de la
moneda. Por un lado, el partido entre Francia y Paraguay, en el que los guaraníes
recurrieron a un juego agresivo que rozó e incluso superó lo ilegal. Por otro lado, España, en las semifinales, dio una lección de cómo competir con corazón e intensidad, cerrando espacios y atacando con decisión, pero sin abusar de las faltas ni buscar constantemente el límite.
Tal vez el camino sea encontrar un equilibrio: combinar el
juego bonito que nos sale de forma natural con una garra limpia, que deje el
corazón en la cancha sin necesidad de ganar “como sea” ni recurrir a métodos
ilegales o antideportivos. Ya hemos demostrado que somos capaces de hacerlo.
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