Recomiendo la SERIE, pero también leer el libro que es simplemente UNA OBRA DE ARTE.
https://www.theguardian.com/tv-and-radio/2026/apr/29/the-house-of-the-spirits-review-isabel-allendes-novel-amazon-prime-video
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A raíz de leer el libro de Frank Schaeffer: "Crazy for God: How I Grew Up as One of the Elect, Helped Found the Religious Right, and Lived to Take All (or Almost All) of It Back" en inglés, encontré un artículo muy interesante al respecto en el siguiente enlace:
https://www.modernreformation.org/resources/articles/crazy-for-god-how-i-grew-up-as-one-of-the-elect-helped-found-the-religious-right-and-lived-to-take-all-or-almost-all-of-it-back-by-frank-schaeffer
Y quise traducirlo para ustedes.
William H. Smith
Martes, 1 de septiembre de 2009 / Edición de
septiembre-octubre de 2009
Loco por Dios es un libro descarado,
colérico, honesto, revelador, vulnerable, inquietante, perspicaz y frustrante.
En otras palabras, resume a la perfección a Frank Schaeffer. Sin embargo, no es
el texto sensacionalista de rechazo absoluto hacia sus padres y el
evangelicalismo que yo pensaba que sería.
Tengo serias dudas al respecto. Se le ha acusado de
deshonrar a sus progenitores, en especial a su anciana y deteriorada madre,
quien ya no puede defenderse. Leer este libro se asemeja bastante a presenciar
cómo el hijo herido de unos padres famosos se desahoga ante su terapeuta. Si
decir tales cosas, o decirlas en público, quebranta el Quinto Mandamiento,
entonces él es culpable; no obstante, no me siento listo para afirmar que este
sea el caso.
Mientras leía, me vinieron a la mente las palabras del
salmista: «Si yo dijera: "Hablaré como ellos", traicionaría a la
generación de tus hijos» (Salmo 73:15). El salmista escribió con honestidad
sobre sus dudas solo después de haberlas resuelto. Pero ¿qué pasa si alguien no
ha resuelto sus dudas y ya no cree que puedan resolverse con
"respuestas"? ¿Está obligado a guardar silencio? No lo sé.
El lenguaje de Schaeffer es vulgar. Utiliza las palabras que contienen "m" y "j" con total libertad. Si Pablo tenía en
mente este tipo de expresiones cuando ordenó «ninguna palabra corrompida salga
de vuestra boca», entonces Schaeffer es culpable. Realmente parece que podría
haber escrito un libro que desnudara su alma con la misma fuerza sin recurrir
con tanta frecuencia a ese vocabulario. El hecho de que lo use resultará
ofensivo para muchos.
Es un hombre que sigue resentido con sus padres por quienes eran, por lo que hicieron y por cómo lo criaron. Pese a ello, este libro no es un
berrinche lleno de odio. Ha asimilado su experiencia con su padre
considerablemente mejor que con su madre, pero siente un afecto sincero por
ambos. Las descripciones de los momentos de ternura e intimidad con su padre
son conmovedoras. Su comprensión ante las frustraciones de su madre en el
matrimonio y en la vida muestra una empatía auténtica, mientras que la
sensibilidad que exhibe hacia ella en el tiempo que pasa a su lado durante su
fragilidad es admirable.
Un crítico ha dicho que Schaeffer está obsesionado con el
sexo, pero no creo que esa sea la palabra adecuada. Siente la fascinación
y los sentimientos encontrados hacia el sexo que no son raros entre quienes
crecieron en el fundamentalismo. Además, tiene una excusa para su "nivel
de interés" si es que dice la verdad sobre sus padres. Su madre era
sumamente abierta con sus hijos respecto a sus relaciones matrimoniales íntimas
(lo que la diferenciaba de la gran mayoría de los fundamentalistas) y las
necesidades sexuales de su padre eran (por así decirlo) intensas.
Puede que Schaeffer se equivoque en cuanto a la exactitud y
el equilibrio de sus recuerdos y percepciones sobre sus padres, pero no parece estar motivado por el deseo de difamarlos o desacreditarlos. Su padre tenía mal
genio, pasaba por periodos de duda y depresión, era a la vez indulgente y
negligente con su hijo, y se dejó presionar por él y por otros hacia un papel
político y público que anuló gran parte del bien que había hecho antes. Su
madre era vanidosa, a veces despectiva con su esposo, santurrona y, en su mayor
parte (a diferencia de su cónyuge), felizmente ignorante de sus propios
defectos.
Pero Frank no se compadece de sí mismo. Quizás confiesa sus
pecados sexuales con un regocijo un tanto excesivo y se muestra demasiado
orgulloso de sus dudas, pero, por lo general, es honesto: honesto sobre su
rebeldía, su arrogancia, su hipocresía, sus fracasos como esposo y padre, su
intensidad y su impulsividad.
También es sincero sobre sus dudas y sus rechazos a la fe
cristiana. Resulta un tanto sorprendente que sea tan franco al respecto, dado
que no escribe para desacreditar la fe. Lo más notable es la duda de Dios, una
incertidumbre bastante común de tener, pero sumamente inusual de admitir. Ha descartado la inerrancia de la Biblia por considerarla una postura que solo puede sostenerse negando o justificando aquello que la contradice. Ya no puede aceptar —y nunca se sintió cómodo con ellas— las expresiones superficiales y formulistas de la creencia y la práctica cristianas, tan habituales entre los viejos fundamentalistas, las organizaciones paraeclesiásticas y los "rostros" del evangelicalismo actual.
Sin embargo, no carece por completo de fe. Sabe que su búsqueda persistente de significado proviene de alguna parte. No espera
encontrar un desenlace definitivo en su búsqueda, pero toma incluso eso como
evidencia de un anhelo universal por lo infinito. Espera que "tal vez haya
un Dios que perdona, que ama, que sabe". ¿Es esto fe salvadora? ¿No
exactamente? No ha rechazado la ética cristiana; al contrario, se ha vuelto más
constante en su práctica a medida que envejece. Quizás el hecho de que Frank no
pueda soltar su fe demuestra que está en manos de un Dios que no lo soltará.
Es probable que no fuera su intención, pero el libro señala, a lo largo de sus páginas, la debilidad fundamental del evangelicalismo del siglo XX: su eclesiología.
Su padre tenía muy poco respeto por la iglesia como institución histórica y concreta. Tanto Francis Schaeffer como L'Abri estaban,
al igual que tantas estrellas evangélicas y todos los ministerios
paraeclesiásticos, más allá de la rendición de cuentas y de la supervisión de la
iglesia en su rol de gobierno. El avivamiento, el pietismo, el fundamentalismo,
el liberalismo y el pugilismo espiritual habían aportado su grano de arena para
debilitar a la iglesia y colocar al individuo, su conciencia y mi ministerio
fuera de la autoridad eclesiástica. Como observa Frank sobre su padre: «Papá
era nuestra "santa tradición". Era más grande que cualquier iglesia».
Y así ocurre con todos ellos.
La debilidad en la eclesiología se revela también en el
culto de la iglesia. Frank llegó al punto de no poder soportar la cursilería de
gran parte del evangelicalismo. Tomemos su música como ejemplo: «Cómo deseaba
que Dios nunca hubiera creado a ningún hombre o mujer con un "ministerio
musical". Desearía que los fulminara a todos para no tener que pasar ni un
minuto más escuchando a otra señora gorda (incluso los hombres eran "señoras
gordas" para mí) cantar otra canción de "Jesús es mi novio"
sintetizada con violines». ¡Sigue predicando, hermano!
El funeral de su padre, que se llevó a cabo en un gimnasio
y no fue dirigido por un ministro, muestra el culto evangélico en su peor expresión.
«El funeral de papá encarnó todo el caos y la locura de la improvisación del
evangelicalismo. Fue a los funerales a lo que las bodas "personalizadas" son al matrimonio: un evento en el que la joven pareja compone sus propios votos mientras algún amigo al que "de verdad le gusta la guitarra" pone la música».
Uno de los párrafos más agudos del libro surge de la
experiencia de Frank en ese funeral. «Hay una buena razón por la que los
humanos nos refugiamos en la sabiduría colectiva acumulada a lo largo del tiempo,
expresada en las liturgias y en los hábitos culturales de larga práctica». Y la
arrogancia de la noción protestante de que los caprichos individuales están a
la altura de cualquier ocasión se manifiesta en innumerables momentos ridículos
y en servicios de culto espantosos, por no hablar de las incontables bodas
caseras. Pero se supone que los funerales son algo serio. La creatividad no
siempre es buena».
Frank Schaeffer lamenta su papel en el surgimiento y desarrollo de la derecha religiosa, que representa un ejemplo de cómo la iglesia se confunde respecto de la razón de su existencia. Esta es una confesión
significativa. Recuerdo haber pensado en los años 70 que su padre se había
descarrilado con su Manifiesto Cristiano y que la obra de Frank, Tiempo
de ira, era exagerada. La iglesia de entonces fue culpable de enganchar su
carro a los distintos caballos de la política, y los fieles todavía no terminan
de comprender que el reino no se establece de esta manera.
Ha reconsiderado su postura sobre el aborto. Sigue siendo
esencialmente conservador, aunque ya no de forma absolutista. Desprecia y ataca
la postura liberal mucho más que la conservadora, pero ahora piensa que fue un
error tras el fallo de Roe v. Wade. Wade, que el evangelicalismo se desplazara hacia
la posición de "no al aborto bajo ninguna circunstancia". Recuerdo haber asistido a una clase de seminario antes de Roe en la que se debatió sobre el aborto. Un estudiante dijo que su esposa abortó por recomendación médica y nadie mostró horror. Me sigue pareciendo imposible trazar una línea, por lo que resulta seguro y prudente marcar el inicio de la vida y de su protección en la concepción; sin embargo, nos hemos metido en una situación en la que el debate racional sobre la política nacional es inviable para ambos bandos.
Por alguna razón, Schaeffer se ha amargado y ensañado contra
el calvinismo, identificándolo con el fundamentalismo por su simpleza, rigidez,
piedad engreída y sus reglas legalistas. En esto se equivoca. Pero tal vez el
problema radique en que aprendió el calvinismo de su padre y su padre tampoco
lo entendió nunca. A Francis no le gustaba Calvino. Si a esto
sumamos que Frank atribuye a fuentes calvinistas la mayoría de las cosas que le
desagradan de sus padres, supongo que se puede comprender.
Sin duda, el libro requiere una respuesta, tal como Os
Guinness ha intentado dar. Pero lo primero que debemos hacer (y creo que
Guinness lo ha intentado) es escuchar a Schaeffer. Puede que no nos guste.
Puede que nos incomode. ¡El cielo nos libre! Puede que nos haga pensar. Pero
escuchar y reflexionar es indispensable, porque nos está diciendo verdades como
puños sobre nosotros mismos.