lunes, 12 de octubre de 2026

Avril Lavigne: Entre el camino comercial y la madurez compositiva

 



Había una vez una adolescente de un pueblo casi desconocido en Canadá que cantaba folk y góspel en ferias locales. Su nombre: Avril Ramona Lavigne. Fue descubierta por el mánager Cliff Fabri mientras cantaba en una librería Chapters de Kingston, Ontario.

Los primeros intentos de la industria resultaron confusos. La enviaron a trabajar con diversos escritores y productores. Grabó demos más rockeros y angustiados con Clif Magness en Los Ángeles (como “Losing Grip” y “Unwanted”), que se acercaban más a lo que ella quería. También exploró un sonido más folk/country en Nueva York, pero ninguno de los dos caminos terminaba de convencer a la discográfica.

Finalmente, la emparejaron con el equipo de producción de The Matrix. Juntos construyeron el sonido pop-punk melódico y radial de Let Go (2002). Aunque Avril participó en la escritura, el resultado fue un producto mucho más pulido y comercial de lo que habían sido aquellos demos iniciales. Nació la imagen de la “skater girl”, efectiva para vender, pero que ella misma sentiría después como una versión limitada de lo que quería ser.

En su segundo disco, Under My Skin (2004), Avril intentó recuperar el control. Se alejó de The Matrix y trabajó con Chantal Kreviazuk y Ben Moody, entre otros. El resultado fue un álbum más oscuro, post-grunge y emocionalmente denso, que muchos fans consideran el más auténtico y sólido de su carrera.

A partir de ahí, la tensión con la industria se volvió más evidente. En The Best Damn Thing (2007) aceptó trabajar con Dr. Luke y Max Martin y entregó un disco abiertamente pop, brillante y calculado para pegar en la radio. “Girlfriend” fue un enorme éxito, pero el álbum sacrificó gran parte de la actitud de sus primeros trabajos. Aun así, entre el brillo comercial quedaron canciones más honestas como “When You’re Gone” y “Keep Holding On”.

Goodbye Lullaby (2011) fue otro intento de volver a un terreno más personal y acústico, aunque la discográfica volvió a empujar hacia singles más radiales. El disco homónimo de 2013 de Avril Lavigne mostró a una artista confusa, experimentando sin una dirección clara.

Luego llegó el golpe más duro: en 2014 contrajo la enfermedad de Lyme, que la dejó postrada y al borde de la muerte durante años. Desapareció de la escena.

En 2019 regresó con Head Above Water, un disco despojado, espiritual y centrado en su recuperación, con baladas, piano y un tono mucho más maduro. Esa búsqueda de Dios y su agradecimiento luego de ayudarla durante su enfermedad me hubiese gustado que continuara por esa senda en trabajos posteriores, pero, como sabemos, lo dejó de lado.

En 2022 intentó regresar al pop-punk con Love Sux. Aunque tiene energía y algunas buenas canciones, a varios les resultó forzado: una artista cercana a los 40 repitiendo fórmulas de rebeldía adolescente que ya no terminaban de sonar naturales, en medio del revival de los 2000.

La historia de Avril Lavigne es la de una joven con personalidad propia que fue moldeada por la industria, que a veces luchó por recuperar su voz y otras veces cedió al juego comercial. Pasó de ser un producto cuidadosamente construido a intentar desprenderse de esa imagen, a caer de nuevo en ella, a enfermarse gravemente, a renacer y a volver a tropezar con las mismas tensiones.

¿Qué habría pasado si desde el principio le hubieran permitido desarrollar el sonido más crudo y personal que mostraba en aquellos primeros demos con Magness? Nunca lo sabremos.

Lo que queda es una carrera marcada por esa pugna constante entre lo que ella parecía querer ser y lo que el mercado le pedía que fuera.

 

 

viernes, 28 de agosto de 2026

Reflexionando sobre un nuevo año en mi vida.

 

Llega el fin de agosto y, con él, un cumpleaños más. La mayoría lo espera con ansias. Yo, en cambio, solo quiero pasar desapercibido. Celebrar con la persona que más quiero, en nuestro lugar de siempre, como lo hemos hecho durante años. Salir con esos amigos medio locos a los que la pasión por las ruedas nos unió y que se han convertido en una familia disfuncional, pero muy querida. Tal vez ver a esa persona con la que no siempre me llevo bien, pero a la que quiero con todo mi corazón. Y recibir los saludos de la familia y de quienes se acuerden, porque nunca lo divulgo.

Ha sido un año de andar más escondido. Sin salir tanto. Dándole a la bici, apoyando en casa, atendiendo los trabajos que van saliendo y avanzando.

Por supuesto, vas a faltar tú por encima de todo. Este será el segundo cumpleaños sin tu presencia. Como dije alguna vez: esto no se cura, solo va cicatrizando. Pero la marca queda y, de rato en rato, vuelve a sangrar. ¿Estará Bronco contigo allá arriba? No lo sé. Quiero creer que los perros también van al cielo, que te estuvo esperando en la puerta y que, cuando te vio, movió la cola de alegría.

Recuerdo lo difíciles que fueron esos primeros meses. Por aquí andábamos como zombis y todos tenían una opinión sobre lo que “se debía hacer”. Al final, el que se quedó en la casa fui yo. Yo recibí las balas. Y lo volvería a hacer sin dudarlo. No hay precio para agradecer lo que hicieron por mí (y yo nunca he sido un ángel).

Pero salimos. Reflotamos. Nos paramos y avanzamos, con ayuda de Dios. Estamos mejor. Aún sangramos. Nos agarraron con la guardia baja por segunda vez, renegamos, nos fastidiamos, nos indignamos… pero al final nos volvimos a levantar. Dios no falla y siempre está presente. Sacada de lengua para los que pensaron que nos iban a tumbar.

Ahora estamos a las puertas de otro cambio. Nerviosos, estresados, pero sabiendo que es para bien. Y que Él nuevamente nos va a sostener, como siempre lo ha hecho.

 Algunos cuestionarán mi escasa presencia en la iglesia. Lo lamento, pero no es el momento de ser sociable. Tengo responsabilidades que atender. Si voy, es por el servicio y luego me retiro. Hay alguien que me necesita y punto. Además, ando cuestionándome muchas cosas de la iglesia como institución. Mi fe en Dios sigue firme. Lo que va disminuyendo es mi confianza en las estructuras eclesiales. Sueño con una iglesia que regrese a las casas y, desde ahí, enfrente las batallas. 

Mientras tanto, seguimos con los proyectos: los zines, la radio y la escritura —qué delicia es escribir—. Continuamos con el trabajo y con la empresa, esperando que algún día crezca. Y dispuestos a ir donde Dios nos quiera enviar.

Más viejo. Con cicatrices internas y externas. Muchas veces derribado, pero no destruido. Perseverando en medio de un mundo cada vez más perdido y de una iglesia que muchas veces se hace cómplice.

El mismo Zelote de siempre.

¿Será hora de un nuevo tatuaje?

Feliz cumpleaños, amigo Zelote, compañero de mil batallas. 

 

miércoles, 26 de agosto de 2026

Alan Niven - Sound N' Fury: Rock N' Roll Stories

 



Finalmente, luego de una batalla legal contra Axl Rose —quien trató de impedir su publicación durante mucho tiempo—, Alan Niven, el exmánager de Guns N’ Roses, pudo publicar su libro Sound N’ Fury: Rock N’ Roll Stories.

Para mí, Niven es uno de los mejores mánagers del rock de la historia y no ha sido reconocido como se merece. Fue una de las principales razones del éxito de varias bandas que alcanzaron fama mundial.

En este libro, Niven se sienta a tomar un café con el lector mientras cuenta historias que vivió durante sus años en el camino del rock and roll. Esas historias muestran a un hombre que ha pasado por mucho, pero que, a través de las cicatrices, ha aprendido. Además, siempre fue un visionario: veía lo que otros no veían y nunca dejó que nadie lo pasara por encima, lo cual le trajo varios problemas.

En el libro destacan dos vínculos clave. En primer lugar, su relación con Great White, la banda que fue el verdadero “bebé” de Niven. Los ayudó a crecer, a encontrar su camino dentro del rock, escribió canciones con ellos y siempre buscó apoyarlos, a pesar de que muchas veces no le pagaron con la misma moneda. Finalmente se distanció de ellos.

Por otro lado, está su relación con Guns N’ Roses, de quienes decidió ser mánager cuando nadie más quiso hacerlo. Los ayudó a convertirse en una de las bandas más exitosas comercialmente de los 80 y los cuidó entre los excesos de sus miembros. Admiraba la dedicación de Slash al trabajo y tenía un cariño especial por Izzy, a quien veía como el verdadero motor de la banda, su corazón y su alma.

El estilo confrontacional de Niven le valió para chocar con el hambre de control del enigmático e impredecible Axl Rose. Al ver que no podía controlarlo, Axl terminó despidiéndolo a principios de los 90 y, como se ve en algunas de las historias, hizo todo lo posible por vengarse de él.

Luego de su despido, Niven entró en el anonimato. Ha trabajado con otras bandas y ahora vive en un entorno rural bastante apacible. Aunque de vez en cuando concede entrevistas a podcasts de rock o escribe columnas incendiarias en las que se despacha a gusto contra Axl —demostrando que la espina de la ingratitud sigue clavada—, su día a día está completamente alejado del circo mediático.

Curiosamente, su protegido, Izzy Stradlin, también vive en el anonimato, pasando sus días entre California e Indiana, practicando surf, manejando motos y reparando autos.

Axl Rose, por su parte, terminó, irónicamente, bajo la influencia de Fernando Lebeis y su madre Beta, quienes le siguen ofreciendo un falso sentido de libertad mientras lo controlan a su antojo.

Este es el libro de un viejo zorro del rock que bien vale la pena leer y que, finalmente, ha visto la luz.

martes, 7 de julio de 2026

Cronicas de Rutas Ciclistas.

 

El domingo había quedado con mi amigo del pedal para hacer una salida relajada, algo urbano para estirar las piernas. Lo esperé en su local y nos enrumbamos a tomar un rico desayuno y luego hacia Lima por la avenida Arequipa, que los domingos está libre para ciclistas y, tristemente, para runners que a veces estorban a los ciclistas (creo que se podrían segmentar mejor los carriles).

En el trayecto, mi bro me dice que mejor fuéramos al morro. Yo le dije que no había problema y, de paso, iba a aprovechar para hacer más km y trepar hasta la cruz. Vamos…

Llegamos y llegue hasta el camino de la cruz para esperarlo y cuando llega, veo que toma el camino hacia las antenas, me dice, vamos a intentarlo, tu puedes, yo no estaba preparado, pero le dije, bueno pues vamos yendo a ver hasta donde llegamos y enrumbamos.

El morro estaba libre de ciclistas, pues ya era un poco tarde para los que suelen subir; fuimos a paso reposado, parando de rato en rato por lo cansado del camino lleno de tierra y piedras. Paré varias veces, empujé la bici, proseguí la marcha entre vans que a veces pasaban y te hacían perder el ritmo (pero eran respetuosos) y, entre conversaciones y esfuerzo constante, finalmente llegamos a las antenas y fuimos premiados con una hermosa vista. Lo curioso del caso fue ver a un brother con una bici de ruta trepando a las antenas (debe haber tenido buena resistencia, pero las llantas, pobres).

Luego de descansar un momento, nos preparamos para el descenso y yo, pensando en cómo bajar, mi amigo me decía “trasero al aire” y yo, tratando de hacerle caso, con la mano apretando el freno (mala forma de bajar) y con el corazón en la mano, diciendo que extrañaba mis caminos asfaltados, a los que tanto estoy acostumbrado. Pero al final puede llegar a descender (un poco lento, eso sí) y terminar la aventura que me dejó con ganas de más.

Al final, el truco para bajar es:  brazos flexionados, peso al centro-atrás y deja que la bici ruede.


Ya tendré mi revancha de las antenas nuevamente; al menos sé que, con mi bici Specialized, un poco antigua y desgastada, de aro 27.5, pude coronar la faena.