Llega el fin de agosto
y, con él, un cumpleaños más. La mayoría lo espera con ansias. Yo, en cambio,
solo quiero pasar desapercibido. Celebrar con la persona que más quiero, en
nuestro lugar de siempre, como lo hemos hecho durante años. Salir con esos
amigos medio locos a los que la pasión por las ruedas nos unió y que se han
convertido en una familia disfuncional, pero muy querida. Tal vez ver a esa
persona con la que no siempre me llevo bien, pero a la que quiero con todo mi
corazón. Y recibir los saludos de la familia y de quienes se acuerden, porque
nunca lo divulgo.
Ha sido un año de andar más escondido. Sin salir tanto. Dándole a la bici, apoyando en casa, atendiendo los trabajos que van saliendo y avanzando.
Por supuesto, vas a faltar tú por encima de todo. Este será el segundo cumpleaños sin tu presencia. Como dije alguna vez: esto no se cura, solo va cicatrizando. Pero la marca queda y, de rato en rato, vuelve a sangrar. ¿Estará Bronco contigo allá arriba? No lo sé. Quiero creer que los perros también van al cielo, que te estuvo esperando en la puerta y que, cuando te vio, movió la cola de alegría.
Recuerdo lo difíciles que fueron esos primeros meses. Por aquí andábamos como zombis y todos tenían una opinión sobre lo que “se debía hacer”. Al final, el que se quedó en la casa fui yo. Yo recibí las balas. Y lo volvería a hacer sin dudarlo. No hay precio para agradecer lo que hicieron por mí (y yo nunca he sido un ángel).
Pero salimos. Reflotamos. Nos paramos y avanzamos, con ayuda de Dios. Estamos mejor. Aún sangramos. Nos agarraron con la guardia baja por segunda vez, renegamos, nos fastidiamos, nos indignamos… pero al final nos volvimos a levantar. Dios no falla y siempre está presente. Sacada de lengua para los que pensaron que nos iban a tumbar.
Ahora estamos a las puertas de otro cambio. Nerviosos, estresados, pero sabiendo que es para bien. Y que Él nuevamente nos va a sostener, como siempre lo ha hecho.
Algunos cuestionarán mi escasa presencia en la iglesia. Lo lamento, pero no es el momento de ser sociable. Tengo responsabilidades que atender. Si voy, es por el servicio y luego me retiro. Hay alguien que me necesita y punto. Además, ando cuestionándome muchas cosas de la iglesia como institución. Mi fe en Dios sigue firme. Lo que va disminuyendo es mi confianza en las estructuras eclesiales. Sueño con una iglesia que regrese a las casas y, desde ahí, enfrente las batallas.
Mientras tanto, seguimos con los proyectos: los zines, la radio y la escritura —qué delicia es escribir—. Continuamos con el trabajo y con la empresa, esperando que algún día crezca. Y dispuestos a ir donde Dios nos quiera enviar.
Más viejo. Con cicatrices internas y externas. Muchas veces derribado, pero no destruido. Perseverando en medio de un mundo cada vez más perdido y de una iglesia que muchas veces se hace cómplice.
El mismo Zelote de siempre.
¿Será hora de un nuevo tatuaje?
Feliz cumpleaños, amigo Zelote, compañero de mil batallas.




