Sensei Chuck, aún no puedo creer la noticia de tu muerte. Hace solo unos días saliste en un video en el que demostraste que, a pesar de tus 86 años, aún tenías energía y dijiste que no estabas envejeciendo, sino que simplemente subías de nivel.
Ayer me enteré de que te habían internado en el hospital y pensé que ibas a salir de esta, como siempre lo has hecho. Lamentablemente, hoy en la mañana, al despertar, me di con la noticia de que habías cruzado el umbral.
Quizás muchos no sepan que durante los años setenta y ochenta fuiste un luchador de artes marciales, ganando muchos títulos y quedando invicto. Incluso inventaste tu propio estilo de lucha al que llamaste Chun Kuk Do.
Bruce Lee, que era tu amigo, te invitó a participar en Way of the Dragon a los 32 años; eso ayudó a tu carrera, pero tu explosión llegó recién a los 40, cuando filmaste muchas películas en las que tu reputación de chico rudo creció. Eras el epítome del chico rudo que resolvía todo con los puños y, a veces, con las armas; parecías indestructible.
Te casaste con Dianne Holechek, de quién te divorciaste en el 89, y luego con Gena O’Kelley, con quién estuviste hasta el final. En los 90 participaste en la serie Walker, Texas Ranger, donde personificaste a un Ranger de Texas que buscaba la justicia y, a punta de puños y patadas, encerraba a los chicos malos; la serie duró 9 temporadas y muchas nuevas generaciones te conocieron por ella.
Muchos no lo saben, pero escribiste tu biografía, titulada Against All Odds: My Story (Contra viento y marea: Mi historia), en el año 2004 y fundaste Kickstart Kids, una organización que enseñaba a niños y adolescentes de escuelas públicas disciplina para que se alejaran de las drogas y se enfocaran en el deporte; ese fue uno de tus mayores logros.
Sensei, estoy convencido de que lo mejor que pudiste haber hecho en tu vida fue volverte a los pies de Jesús, y no solo eso, sino que siempre fuiste muy abierto en cuanto a tu fe. Muchos te han criticado por ciertas posturas tuyas, pero nunca te quedabas callado. A mí me encantaba ese lado tuyo en el que nunca escondiste quién creías ser; siempre glorificaste el nombre del único que merece serlo.
¿Sabes? Mi padre era uno de esos tipos a los que les gustaban las películas de acción, pero de la vieja escuela. Él se decantaba más por tipos como tú, que peleaban con los puños más que con las armas. Creo que por eso le gustaban tanto como a mí las películas de Van Damme, Sasha Mitchell, el maestro Bruce Lee, entre otros grandes exponentes de las artes marciales.
Una leyenda urbana se tejió detrás de ti, condimentada con bastante humor, y creo que por eso nos hicimos a la idea de que eras “inmortal”. Pero la muerte llega inexorablemente a todos los hombres y tocó a tu puerta, pero yo creo que tú la recibiste con los brazos abiertos, pues sabías que te ibas a encontrar con tu Señor y Salvador.
Has pasado al otro lado, pero creo que dejaste un gran legado detrás del cual puedes estar orgulloso, no solo en el ámbito público, sino también por ser un gran esposo, padre y abuelo para tu familia, que llora tu partida, pero sabe que estás en un mejor lugar.
Te pido un favor con humildad: si ves a mi viejo allá en el cielo, dale un abrazo de mi parte y, si puedes, échate unos cuantos rounds con él. Al igual que tú, él era un amante de las artes marciales y, por cierto, peleaba muy bien.
Hasta pronto, Sensei Chuck. Gracias por todo y sé que nos volveremos a ver, más pronto de lo que imaginamos.

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